Asaid Castro/ACG – Morelia
En marzo, cuando el sol comienza a caer con fuerza sobre las calles de la ciudad, cada vez es más raro escuchar el sonido de un carrito de helados avanzando entre las plazas, las escuelas o los parques. Entre esos pocos que aún resisten está Hugo Rejón García, un comerciante de 52 años que lleva más de cuatro décadas ligado al oficio de vender nieves.
Su carrito, de madera y herrería, lo acompaña desde hace décadas; dice que tiene más de 50 años y que perteneció a su padre, quien también fue heladero. Las abolladuras que guarda en la lámina no las llama golpes, sino “cicatrices”, marcas de tantos años rodando entre calles, banquetas y plazas.
Hugo camina con él durante horas. A veces cuatro, a veces cinco al día, empujándolo bajo el sol mientras busca clientela. Su ruta cambia según el movimiento de la ciudad: escuelas a la hora de salida, plazas donde juegan los niños o canchas donde jóvenes practican deporte.
“Somos pocos los que andamos así, con carrito. Hace como 60 años, era la moda en Morelia, mi papá pudo construir su casa gracias a eso, y ahora, quedamos como este carrito, menos de 10 en toda la ciudad”, dice, apuntando al desplazamiento por grandes empresas de helados.
Un oficio heredado
Hugo comenzó en este trabajo desde niño. Es, como él mismo dice, la “segunda generación”. Su padre vendía nieves y él creció entre carritos, hielo y sabores.
Durante años trabajó en distintas paleterías de la Ciudad de México, caminando zonas como el centro, la Torre Latinoamericana o el Parque Hundido. Ahí pasó poco menos de dos décadas antes de regresar a Morelia.
En la capital michoacana lleva ya unos 20 años recorriendo calles con su carrito, asegurando que “desde chamaco andábamos trabajando”, recuerda.
Durante un tiempo combinó el comercio con otra disciplina muy distinta: la gimnasia olímpica. Hace alrededor de 20 años practicaba este deporte mientras seguía vendiendo helados para ganarse la vida.
Caminar la ciudad
Hoy su rutina comienza buscando dónde instalarse sin problemas. En el Centro de Morelia, explica, a veces los vendedores con carrito no pueden permanecer mucho tiempo, por lo que suele moverse hacia colonias, plazas o escuelas.
Las clausuras escolares, dice, suelen ser buenos días de venta. También las tardes donde el calor aprieta y los niños salen a jugar.
Aun así, reconoce que el oficio ha cambiado, pues “antes había hartos carritos”, y el negocio para todos alcanzaba, y ahorita, el mayor obstáculo son los precios y que la gente no siempre los paga a pesar del trabajo, y las horas caminando para encontrar clientela.
Los precios han subido, las costumbres cambian y cada vez aparecen más productos industriales o tiendas grandes que venden helados. Aun así, Hugo sigue empujando su carrito todos los días. Dice que mientras uno salga a trabajar con disposición, algo siempre sale.
Bajo el sol de Morelia, entre calles, banquetas y escuelas, su carrito sigue avanzando lentamente, como un pequeño recuerdo rodante de un oficio que, poco a poco, parece ir desapareciendo en la capital, según las palabras de Hugo.