Félix Madrigal/ACG – Morelia, Michoacán

Hay lugares que, con el paso del tiempo, dejan de ser solo espacios de tránsito y se convierten en silencios visibles. En la salida a Pátzcuaro, un puente peatonal se ha transformado en un sitio donde la ciudad aprende a mirar su propio dolor. No es un puente cualquiera, es un umbral cargado de nombres, rostros y esperas que no terminan.

Colgadas de sus barandales, las lonas y carteles muestran fotografías, edades y descripciones, cómo vestían, cómo eran, cómo los recuerdan. Son mensajes que las familias colocan con la esperanza de que alguien mire, reconozca y diga algo. Que el tránsito constante no borre su existencia. Que el olvido no sea más rápido que la justicia.

Sin embargo, muchos de esos carteles ya están desgastados. El sol los ha deslavado, la lluvia los ha rasgado y el viento los mantiene colgando, apenas sostenidos. Algunos rostros son ya casi irreconocibles. En otros, sólo quedan fragmentos de letras o pedazos de plástico que se mueven con el paso de los vehículos. No se sabe si esas personas fueron encontradas, si regresaron a casa o si continúan desaparecidas. El silencio también pesa.

Ese puente se ha vuelto un umbral simbólico: un paso entre la esperanza y la incertidumbre. Un lugar donde las familias siguen hablando de quienes podrían estar en algún sitio, o quizá más allá, en un punto que ya no alcanzamos a ver. Cada cartel es una pregunta abierta, una ausencia que se niega a desaparecer.

Para quienes cruzan diariamente por ahí, el puente puede volverse paisaje. Pero para quienes buscan, es un recordatorio constante de que en Morelia hay historias inconclusas, nombres que siguen esperando respuesta y familias que no se rinden. Ese puente no solo conecta caminos: conecta el dolor colectivo de una ciudad con la necesidad urgente de no olvidar.