Asaid Castro/ACG – Morelia, Michoacán

En el Centro Histórico de Morelia, entre el paso constante de peatones y el ruido del tráfico cercano, no es común encontrar la fuente del Jardín de Villalongín apagada, y menos sin una quinceañera que pasee por la tarde. Por su tamaño, hasta podría confundirse con un pequeño estanque en ugar de una fuente convencional, su presencia se mantiene incluso entre el movimiento cotidiano de la zona.

Cuando el agua fluye, cae de manera regular sobre la piedra y regresa al vaso central. La cantera muestra el desgaste de los años. No hay brillo artificial: la superficie conserva huellas del uso, del clima y del paso de miles de visitantes y morelianos que diariamente cruzan el jardín como parte de su rutina.

Para muchos, es fácil identificarla como una de las fuentes más grandes del Centro Histórico, junto con la del Huarache, ubicada en la colonia Lomas de Hidalgo. Más allá de comparaciones, la fuente permanece como un punto fijo dentro de un espacio que cambia a lo largo del día, acompañando el ritmo del centro de la ciudad sin imponerse.

En la parte superior se encuentra la escultura femenina que la corona. Tradicionalmente ha sido identificada como Flora, diosa romana asociada a las flores y los jardines. Sin embargo, el portal Michoacán Histórico señala que no existe certeza absoluta sobre esta identificación y plantea que la pieza podría estar vinculada a una figura de carácter marino, a partir de su composición y de la vasija desde la cual brota el agua.

Hoy en día, la fuente forma parte del paisaje habitual del Centro Histórico. Además de ser un espacio verde, es punto recurrente para fotografías de quinceañeras, bodas, celebraciones académicas y visitantes que recorren la ciudad. Mientras el entorno se mueve, la escultura permanece inmóvil, como una observadora silenciososa del paso del tiempo en Villalongín.