Estas instituciones a la par de cumplir funciones religiosas también fungían como importantes sedes administrativas y económicas

José Andrés Alba Michel, colaborador de La Voz de Michoacán

La relación histórica entre Michoacán y Guanajuato se comprende principalmente a partir de la organización territorial que ambos espacios compartieron durante el periodo colonial de la Nueva España, particularmente dentro del Obispado de Michoacán, cuya estructura institucional, además de haber definido límites políticos y religiosos, también funcionó como un mecanismo de control social y económico en los territorios que se fueron adjudicando a lo largo de su expansión.

El origen de esta vinculación se remonta al 20 de febrero de 1534, cuando el rey Carlos V expidió una Real Cédula para la fundación del obispado, en donde se expresaba la incorporación de territorios actualmente guanajuatenses como el de Yuririapúndaro (actual Yuriria); no obstante, desde sus primeros años, el obispado experimentó una expansión progresiva que avanzó paralelamente al proceso de conquista española.

Este crecimiento respondió tanto a intereses religiosos motivados por la evangelización como a motivaciones económicas, especialmente la explotación de recursos minerales y el control de nuevas poblaciones.

En 1535, la Segunda Audiencia de la Nueva España estableció formalmente los límites del obispado, fijando sus fronteras en poblados como Taximaroa, Maravatío y Puruándiro. Así al año siguiente, el 8 de agosto de 1536, el papa Paulo III confirmó su creación mediante bula papal y nombró a Vasco de Quiroga como primer obispo. Bajo su dirección, la sede episcopal fue trasladada en varias ocasiones: de Tzintzuntzan a Pátzcuaro en 1538 y, posteriormente, en 1541, a la nueva Ciudad de Michoacán, hoy Morelia. A lo largo de todo el siglo XVI.

El Obispado de Michoacán llegó a abarcar amplias extensiones territoriales que incluían gran parte del actual estado de Guanajuato (con excepción de Xichú), así como porciones de los territorios que hoy corresponden a Jalisco, Colima y Guerrero. En el marco de esta expansión, se produjo la anexión de los espacios habitados por pueblos mal llamados chichimecas en el actual Guanajuato, lo que vinculó estrechamente la labor evangelizadora del obispado con el avance militar de la Corona hispana.

La región del Bajío se perfiló como una de las regiones más emblemáticas durante la apropiación del espacio de los llamados chichimecas. Ubicada al norte del lago de Cuitzeo, se trataba de una extensa llanura aluvial formada por el río Lerma y sus afluentes; lo que la convertía en un espacio estratégico tanto para la agricultura como para la conexión con las zonas mineras.

Más al norte se encontraban las primeras estribaciones de la Sierra Madre Oriental, marcando el inicio de territorios más complejos de conquistar y evangelizar. El avance hacia el septentrión no se limitó al ámbito militar, sino que implicó también una intensa labor evangelizadora. Órdenes religiosas como los franciscanos y los agustinos, junto con el clero secular, desempeñaron un papel clave en la reorganización de las poblaciones indígenas mediante el sistema de congregación o reducción.

Este modelo consistía en concentrar a los grupos dispersos en asentamientos organizados en torno a templos o conventos, facilitando su control y evangelización.

En estas regiones habitaban diversos grupos indígenas, entre ellos los pames y los guamares. Los pames se extendían desde Yuririapúndaro y Acámbaro hasta el río Pánuco, mientras que los guamares ocupaban territorios desde Pénjamo hacia el norte. Desde la perspectiva colonial, estos pueblos fueron catalogados como “bárbaros” o “salvajes”, lo que sirvió para justificar su sometimiento y la ocupación de sus tierras. De esta forma, los territorios septentrionales fueron concebidos como espacios “vacíos”, ignorando la presencia y legitimidad de sus habitantes originarios.

Conforme el obispado se expandía en territorio –que después fue considerado guanajuatense– se establecieron diversas estructuras eclesiásticas como doctrinas, curatos y beneficios. Las doctrinas estaban destinadas a la evangelización de los indígenas y eran administradas por el clero regular; los curatos correspondían a parroquias de población española bajo el clero secular.

Estas instituciones a la par de cumplir funciones religiosas también fungían como importantes sedes administrativas y económicas, pues permitían la recaudación del diezmo, una de las principales fuentes de ingreso de la Iglesia. Por otra parte, la expansión del obispado estuvo estrechamente vinculada al desarrollo económico regional.

La creación de estancias ganaderas y la explotación minera, particularmente en el Real de Minas de Guanajuato, transformaron el uso del suelo y consolidaron importantes rutas comerciales entre Zacatecas y la Ciudad de México. Estas rutas facilitaron no solo el transporte de minerales, sino también la movilidad de población y la consolidación del control colonial.

Este proceso de expansión hacia el norte dio lugar a lo que puede denominarse una “fronterización”, en la que convergieron factores políticos, económicos y culturales. Se establecieron nuevas autoridades, se organizaron actividades productivas y se implementaron estrategias evangelizadoras que legitimaron el dominio de la Corona. De este modo, el Obispado de Michoacán no solo delimitó un territorio religioso, sino que contribuyó activamente a la construcción del orden colonial en el espacio que conformaría después el estado guanajuatense.

Finalmente, es importante destacar que el obispado constituyó uno de los primeros intentos de organizar el espacio en lo que hoy día son Guanajuato y Michoacán, ya que su organización permitió estructurar el control poblacional y administrativo, funcionando como base del gobierno colonial hasta la implementación de las reformas borbónicas en el siglo XVIII. En este sentido, la relación entre Michoacán y Guanajuato dentro del obispado muestra la complejidad de los procesos humanos que se materializaron en formas de integración territorial, marcado por la conquista, la evangelización y la explotación económica.

Fuentes:

–Lucio Marmolejo, 2015. Efemérides Guanajuatenses o Datos para formar la historia de la ciudad de Guanajuato. 1ª Edición. Vol 1 y 2. Programa editorial e imprenta, de la Secretaría General Mesón de San Antonio.

–López, A. A. N., & Torres, P. S. U. (2019). La frontera en el septentrión del Obispado de Michoacán, Nueva España, 1536–1650. Journal Of Latin American Geography18(1), 94-114. https://doi.org/10.1353/lag.2019.0004

José Andrés Alba Michel es licenciado en Historia por la Universidad de Guanajuato, donde reside desde 2019. Se especializa en historia eclesiástica de México y la Nueva España, con énfasis en los siglos XVII y XVIII y el periodo cristero. Ha participado como ponente en congresos académicos en Querétaro y Silao. Cuenta con publicaciones en revistas académicas y culturales como Bloch, Clioptero e Insula Barataria. Es miembro activo de Mechoacan Tarascorum.