El libro advierte que no hay que pensar en la historia de los países como un proceso determinista. No estamos condenados al fracaso por una mala decisión histórica.
Daron Acemoglu (MIT) y James A. Robinson (Universidad de Chicago), hoy galardonados con el Premio Nobel de Economía, publicaron en 2012 Por qué fracasan los países. La tesis es simple pero de gran poder predictivo: los países con instituciones inclusivas progresan, mientras que los países con instituciones extractivas fracasan.
Creo que esta tesis se aplica bien al caso mexicano, porque desmitifica explicaciones cómodas que últimamente vuelven a estar de moda: que la culpa de todos los males la tiene Estados Unidos con su injerencismo, o España con la colonización. Es un buen momento, entonces, para preguntarse desde Acemoglu y Robinson: ¿por qué México no crece?
La raíz del problema está en las instituciones. El primer capítulo del libro lo ilustra una comparación directa entre Nogales, Sonora y Nogales, Arizona. Con datos actualizados, mientras un trabajador del lado mexicano ganando el salario mínimo recibe 440 pesos diarios, del lado americano la remuneración es de 22 dólares por hora (ZipRecruiter). Es decir, a menos de un kilómetro de distancia, un trabajador en Estados Unidos gana en una hora poco menos de lo que su vecino gana en todo el día. La explicación tiene poco que ver con la geografía, el clima o la cultura. De ahí parten Acemoglu y Robinson.
Aunque recomiendo la lectura completa del libro, lo concerniente a México se puede resumir en algunas explicaciones. La primera tiene su origen en la conquista. No se trata solo del despojo del oro, sino de algo estructural: los colonizadores españoles aprovecharon la organización política del Imperio Azteca para montar sobre ella un sistema de explotación de los nativos. Preexistía una jerarquía extractiva que los españoles heredaron y profundizaron, algo que los colonos en América del Norte no pudieron replicar, pues encontraron una población menor y recursos menos concentrados.
Otra explicación histórica vinculada a las instituciones es la inestabilidad política. Mientras que en Estados Unidos el periodo de mayor convulsión se resolvió en cinco años con la Guerra Civil, México vivió casi medio siglo de caos posindependencia en el que los problemas de gobernabilidad interna llevaron a la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. El impacto en el diseño institucional fue duradero: los derechos de propiedad eran inseguros, la recaudación fiscal ineficiente y la participación ciudadana en procesos democráticos, inexistente.
Acemoglu y Robinson lo ilustran con un dato revelador: en 1910, Estados Unidos tenía 27,864 bancos; México, 42. El monopolio bancario no era producto del mayor apetito de los banqueros mexicanos, sino de la ausencia de contrapesos institucionales que sí operaban del otro lado de la frontera.
En el contexto actual, el país no parece haber cambiado al ritmo esperado. México cuenta con un gobierno más o menos centralizado y funcional, pero el camino hacia el pluralismo se ha visto mermado. Prueba de ello son la reciente reforma al Poder Judicial y la desaparición de la COFECE: una institución política y otra económica, ambos ejemplos de cómo se debilitan los contrapesos en un sistema extractivo.
El libro advierte que no hay que pensar en la historia de los países como un proceso determinista. No estamos condenados al fracaso por una mala decisión histórica. Pero también es ilusorio creer que los políticos siempre se benefician del crecimiento; al contrario, muchas veces buscarán limitarlo para no ser reemplazados ni ceder poder. Cuando en México nos preguntemos por qué no crecemos, conviene leer a Acemoglu y Robinson y hacernos más preguntas: ¿Cuántos monopolios tenemos? ¿Quién los regula? ¿Hay innovación en el país? Evidentemente alguien está ganando con ello. No por nada tenemos a uno de los hombres más ricos del mundo y un gobierno que destina tan poco a la innovación. Advierto que en un México que creciera al ritmo esperado, los que hoy siempre ganan tendrían que comenzar a perder.
Emiliano Medina
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