¿Por qué necesitamos espacios para acompañarnos en la vida adulta? Descubre la historia de Tribu de Letras y el valor de leer en comunidad.

Yazmin Espinoza

La primera vez que en la Tribu de letras (mi precioso círculo de lectura) nos reunimos para hablar de un libro yo tenía ocho meses de embarazo. Sarita todavía no nacía. Hoy tiene tres años.

Me gusta medir el tiempo así. No por calendarios ni por los libros que he alcanzado a leer, sino por las vidas que han ido creciendo entre una sesión y otra. Porque en estos tres años no solo hemos terminado novelas. También han nacido hijos, han cambiado trabajos, han llegado nuevos proyectos, hemos atravesado pérdidas, mudanzas, enfermedades, alegrías y esos pequeños terremotos cotidianos que parecen insignificantes hasta que alguien nos pregunta cómo estamos y, por fin, encontramos el espacio para responder con honestidad.

Cuando nació Tribu de Letras yo imaginaba un círculo de lectura. Quería un grupo de personas con quienes conversar sobre libros, descubrir autores nuevos y obligarme, de la mejor manera posible, a leer con más constancia. Nunca imaginé que terminaría encontrando amigas.

Con el tiempo entendí que los libros eran apenas el punto de partida. Bastaba una pregunta sobre un personaje para terminar hablando de maternidad, de nuestras mamás, del miedo, del trabajo, de las parejas, de las culpas o de la manera tan distinta en que cada una habitaba el mismo libro. Lo maravilloso era descubrir que ninguna había leído exactamente la misma historia.

Pienso en El invencible verano de Liliana y recuerdo el silencio que quedó en la mesa cuando terminamos de hablar de él. Pienso en Rituales para la amistad y sonrío porque, sin proponérnoslo, nosotras mismas estábamos construyendo uno. Pienso en tantos otros títulos que hoy ya se mezclan con los recuerdos de quienes los leímos juntas. A veces olvido un capítulo o el nombre de un personaje, pero nunca olvido la conversación que nació alrededor de esas páginas.

Hace dos meses que no nos reunimos. Las vacaciones de verano tienen mucho que ver, pero no toda la culpa es del calendario. También es mía.

Emprender ha sido uno de los proyectos más emocionantes de mi vida. Me ha enseñado cosas que jamás imaginé y me ha regalado satisfacciones enormes. Pero también me ha exigido tiempo, energía y una capacidad casi infinita para resolver problemas. En medio de todo eso fui posponiendo las reuniones del club. "La próxima semana", me decía. "Cuando pase este evento". "Cuando termine este pendiente".

Y así pasaron dos meses.

Durante este tiempo descubrí que no solo había dejado de organizar un círculo de lectura. Había dejado de respirar por uno de mis pulmones. Porque eso era Tribu de Letras para mí.

Un lugar donde podía dejar de ser la periodista, la emprendedora, la mamá que siempre está pensando en el uniforme del día siguiente, en la comida o en la siguiente publicación para redes sociales. Durante un par de horas al mes simplemente era una lectora sentada alrededor de una mesa con otras mujeres que también necesitaban ese respiro. Y sospecho que no era la única.

Con los años fui entendiendo que ese espacio también se volvió importante para muchas de nosotras. No porque leyéramos más rápido o porque nuestras opiniones fueran especialmente brillantes, sino porque pocas veces la vida adulta nos regala lugares donde podemos llegar exactamente como estamos. Cansadas. Entusiasmadas. Tristes. Desveladas. Con una buena noticia. Con una preocupación. Con un bebé en brazos o con la necesidad urgente de hablar con alguien que entiende por qué un libro puede hacernos llorar.

Hay amistades que nacen en la escuela o en el trabajo. Las nuestras nacieron entre páginas. Y eso siempre me ha parecido un pequeño milagro.

Hace unos meses escribía en este mismo espacio sobre la importancia de leer en comunidad. Hoy, en cambio, escribo desde la ausencia de esa comunidad. Y creo que, a veces, solo cuando algo nos falta entendemos el lugar que ocupaba en nuestra vida.

Extraño las conversaciones. Extraño descubrir todo lo que yo no había visto en un libro hasta que alguna de ellas lo señalaba. Extraño escuchar cómo una misma novela podía significar cosas completamente distintas para cada una. Pero, sobre todo, las extraño a ellas.

Ahora son vacaciones de verano. Quizá este sea el momento de volver a acomodar las piezas. De aceptar que no todo puede hacerse perfecto, pero que hay espacios que vale la pena cuidar precisamente porque también son los que nos cuidan a nosotras.

Quiero volver. Quiero que volvamos. Porque después de tres años entendí que los libros nunca fueron lo más importante.

Lo más importante siempre fue esa mesa alrededor de la cual aprendimos que leer también podía ser una forma de acompañarnos. Que una novela podía abrir la puerta a conversaciones que llevábamos meses necesitando. Que la amistad también se construye con citas mensuales, café, páginas subrayadas y la certeza de que alguien va a escuchar lo que tenemos que decir.

Los libros seguirán esperándonos en los libreros. Eso lo sé. Pero hay algo que extraño mucho más. Extraño el lugar donde, por un par de horas, todas podíamos dejar de cargar el mundo para sostener, entre varias, una buena conversación.

Y tengo la certeza de que ese lugar sigue ahí. Esperándonos.

Yazmin Espinoza, comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.