¿Qué significa vivir bajo una campana de cristal? Exploramos la vida de Sylvia Plath y su cruda visión sobre la depresión y la sanación.
Aura Muñoz Romo
¿Alguna vez te has sentido triste? ¿Te ha pasado por la mente la idea de que no encajas en este mundo? ¿Has sentido el hastío de vivir? ¿Has llegado a creer que el mundo conspira en contra tuya y no puedes encontrar el motivo? ¿Has sentido que te quemas por dentro? ¿Que no tienes ganas de levantarte? ¿Que tu mente está tan aturdida como si una campana estuviera repicando constantemente y el sonido ya fuera parte de ti?
Entonces conoces la sensación que plasma Sylvia Plath en su libro autobiográfico La campana de cristal, publicado en 1963. Plath, nacida en 1932 en Boston, fue una escritora y poetisa del género confesional. Utilizó el nombre de Victoria Lucas como pseudónimo. Comenzó su carrera con cuentos, artículos de revistas y poemas, su obra más conocida es el poemario Ariel. Se distinguía por estar dedicada al estudio y obtuvo una beca universitaria en el Smith College. Una infidelidad de su novio la hundió en la tristeza y la desilusión. Afirmó que “Mi gran tragedia es haber nacido mujer”.
Durante su estancia en el Smith College, siguió escribiendo y empezó a concebir su novela autobiográfica. En ella, presenta a Esther, su alter-ego: una chica que obtiene una beca universitaria por ser una estudiante destacada y que piensa que quizá pueda ser un poco mala porque no cree en Dios y a veces piensa mal de sus compañeras. Sin embargo, un día se da cuenta de que está harta de todo y no sabe qué piensa hacer cuando sus estudios terminen. Empieza a sentir que la ciudad de Nueva York comienza a devorarla y sus pensamientos le empiezan a decir verdades que nunca quiso escuchar: nunca le dijo la verdad al chico que amaba, odiaba pagar por cosas que ella misma podía hacer, no esperaba nada de nadie para que no la decepcionaran, odiaba la idea de servir a los hombres, se sentía inepta, creía que sólo era buena para estudiar y detestaba la doble moral con la que trataban a los hombres y a las mujeres. De pronto, un día sintió unas ganas tremendas de llorar. Tomar una decisión simple le costaba un enorme trabajo. Se sentía rara y veía a otras personas con extrañeza. Comenzaron a desagradarle los niños, no tenía ganas de levantarse, no podía dormir ni concentrarse.
Es así que terminó yendo con el psiquiatra Gordon. Pero, en cuanto ella llegó, su reacción fue de total rechazo. Le pareció un engreído cuando le preguntó dónde creía ella que estaba el problema. Creer. Desde mi punto de vista, en ese momento, no piensas, no sabes respuestas y ¿se atreven a preguntar eso? Si lo supiera, no buscaría ayuda, así de simple. Sin embargo, Esther se encontraba tan desesperada (y su madre también) que le dio una oportunidad al psiquiatra, pero como no mejoraba, le sugirieron que hiciera un tratamiento de electrochoque en Walton.
La terapia de electroshock, ahora conocida como terapia electroconvulsiva (TEC),[1] es un tratamiento médico psiquiátrico en el que se aplican pequeñas corrientes eléctricas al cerebro para inducir una convulsión. Es necesario que se aplique anestesia general con relajantes musculares, que el paciente esté dormido y no sienta dolor ni experimente movimientos bruscos durante la sesión. Se utiliza cuando se requiere de una respuesta rápida debido a la gravedad de síntomas como depresión grave o resistente, trastorno bipolar o esquizofrenia. Para poder realizar una TEC, el procedimiento es el siguiente:
- Preparación: Que el paciente consienta el tratamiento y el psiquiatra y el anestesista estén presentes.
- Estimulación: Se conectan electrodos en el cuero cabelludo para enviar una corriente precisa que dure unos segundos.
- Convulsión: Se induce una “convulsión terapéutica” de corta duración que altera la neuroquímica cerebral.
- Recuperación: El paciente despierta sin haber recordado el procedimiento y se requieren de seis a doce terapias para lograr resultados.
También es de mencionar que los efectos secundarios (porque los hay) son confusión temporal al despertar, dolor de cabeza, náusea, dolores musculares e incluso pérdida de memoria a corto plazo.
Esther, al igual que Plath sufrió de terapia de electrochoques en 1953, fecha en la que se sitúa el libro. No había anestesista ni los electrodos con los que ahora se cuentan. Ella estaba despierta y sólo le pedían que masticara algo para que no se mordiera la lengua. Imagino el dolor que debió haber sentido y el horror de pedir ayuda y ver al Dr. Gordon como todo, menos como un doctor. A pesar de pedirle a su madre que la llevara a casa, el doctor se salió con la suya y le siguió propinando más electrochoques.
¿Por qué? Eso no es curar. Eso es un castigo por ser diferente. En un afán de librarse de aquel dolor impuesto por el hospital y que su madre no tenga ni idea, Esther intenta suicidarse con pastillas. ¿La culpo? No. Ella misma se preguntaba qué crimen había cometido.
“—Si quisieras matarte, ¿cómo lo harías?” es una pregunta que Esther realiza continuamente. Si somos sinceros, todos hemos pensado en ello en algún momento. ¿Por qué? Porque la única certeza que tenemos es que vamos a morir. Poéticamente hablando, podemos adornarlo diciendo que vendrán las olas por nosotros, que el amor de la vida que nos espera llegará a buscarnos, que sólo dormiremos eternamente y encontraremos un Paraíso… Filosóficamente hablando, antes de llegar al más allá (si es que lo hay) o simplemente caer en la nada de la cual venimos, los existencialistas piensan que existimos antes de ser, que estamos condenados a ser libres, a siempre estar eligiendo. Filósofos como Jean-Paul Sartre, Philipp Mainländer y Albert Camus se pronuncian a favor de la elección del suicidio.
“No era capaz de sentir nada… el aire de la campana de cristal se espesó a mi alrededor y no pude moverme”. Sí, a veces pasa que nos quedamos inmóviles y creemos que nada puede empeorar. Es cuando aprendemos que siempre hay alguien mejor y peor que tú. Esther reacciona cuando la mudan a Belsize y Joan, una chica que tiene más privilegios que ella y que saldrá pronto, quiere ser su amiga, pero la rechaza y es grosera. Mas una noche, Esther llega a la casa de Joan a pedir ayuda. Esther logra que la atiendan en un hospital y despierta en Belsize. Sin embargo, cuando pregunta por Joan, le dicen que se suicidó, lo que ocasiona una sacudida en Esther y su regreso a la realidad. Sylvia Plath se suicidó en Londres un mes después de que se publicara La campana de cristal, en 1963.
“Je suis, je suis, je suis” ¿Qué somos? ¿Un poema? ¿Una campana de cristal? ¿Una locura? ¿Testigos de una vida breve? Sylvia Plath nos dio una respuesta: “Respiré hondo y escuché el antiguo reto de mi corazón”. Soy, soy, soy.
Aura Muñoz Romo es Maestra en Filosofía de la Cultura, Profesora de Inglés, Contadora Pública y Escritora. Actualmente, está a la mitad de sus estudios del Doctorado en Filosofía en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UMSNH, trabaja para Penguin Random House y fue galardonada en 2022 con la “Medalla Ignacio Chávez Sánchez”.