Exploramos la huella de Jorge Luis Borges en el Primer Festival de Poesía de Morelia. Una reflexión sobre la permanencia de su voz en la cultura michoacana.
Rafael Calderón
Hay presencias que no dependen de la certeza del archivo, sino de la persistencia de la lectura. La de Borges en Morelia, en 1981, puede pensarse de ese modo: como una voz que, fijada en la memoria editorial de un festival, sigue resonando en sus páginas y en sus lectores. Las visitas de Borges a México se encuentran documentadas en diversas fuentes hemerográficas, testimoniales y bibliográficas; dentro de ese marco, su participación en el Primer Festival Internacional de Poesía de Morelia aparece consignada en registros editoriales y en la antología que se publicó del encuentro como memoria viva de la poesía.
Aunque la reconstrucción puntual de su estancia exigiría un trabajo de archivo más minucioso, por ahora resulta pertinente destacar su inclusión en la antología y acentuar que sus poemas permiten situar su figura en el horizonte de ese acontecimiento. Más que una certeza anecdótica, se configura una presencia sostenida por la memoria editorial y por la circulación de su obra en ese contexto, que precisa en la selección de los poemas.
El festival, auspiciado por el Gobierno de Michoacán en colaboración con diversas instituciones gubernamentales, educativas y culturales mexicanas, tuvo como una de sus figuras centrales al poeta Homero Aridjis, entonces director del Instituto Michoacano de Cultura.
Su doble papel –como organizador y como poeta– fue decisivo para articular un encuentro que reunió algunas de las voces más relevantes de la poesía contemporánea y dejó un testimonio vivo de la creación poética de esos años.
En ese contexto, la presencia de Borges –entendida tanto en su dimensión autoral como textual– no puede leerse como un hecho menor, sino como un signo de gravitación lírica que ejercía la poesía en el panorama cultural de finales del siglo XX. Hay en ello una forma de seducción persistente: pensar a uno de los grandes autores del siglo inscrito en un espacio donde la poesía funcionaba como centro de convergencia entre lenguas, tradiciones y generaciones. Con el paso del tiempo, ese encuentro puede leerse también como un umbral: no sólo por la vitalidad de la poesía contemporánea que allí se manifestó, sino porque, en retrospectiva, parece marcar el cierre de una época.
Para 1981, aquel encuentro se configuró, además, como parte de un año significativo para los poetas que participaron leyendo sus propios poemas. Los autores en lenguas extranjeras contaron con el acompañamiento de lectores y traductores; en algunos casos, incluso, con poetas que los vertían por primera vez al español, ampliando así el horizonte de recepción de sus obras.
Como señala Aridjis, algunos de esos poetas eran conocidos apenas por pequeños círculos atentos a los movimientos de la poesía de su tiempo; a partir del festival, sus nombres se volvieron más familiares y su obra comenzó a leerse con mayor profundidad.
Con el paso del tiempo, ese momento adquirió un carácter casi profético: varios de los participantes terminaron por consolidarse como figuras excepcionales dentro de la literatura mundial. Entre ellos, tres recibirían posteriormente el Premio Nobel de Literatura: Seamus Heaney (1995), Günter Grass (1999) y Tomas Tranströmer (2011). Este dato no sólo recalca la relevancia del festival: confirma y permite entender la poesía como una forma de ebullición histórica, un lenguaje que nombra su tiempo mientras se transforma con él.
Para comprender el alcance de ese acontecimiento, resulta fundamental acudir a las fuentes bibliográficas que constituyen una riqueza tanto poética como documental. Por un lado, la Antología del Primer Festival Internacional de Poesía Morelia 1981, publicada al año siguiente, cuya edición, selección y notas estuvieron a cargo de Homero Aridjis. De esta edición destaca, en primera instancia, la portada, obra de Alfredo Zalce, uno de los pintores michoacanos más reconocidos de su generación.
La antología reúne a los poetas participantes y se organiza en tres apartados cuya riqueza literaria desborda por sí misma: en sus páginas converge la calidad de las voces convocadas, la diversidad de tradiciones poéticas y la intensidad de los poemas seleccionados y termina por otorgar un testimonio perdurable de aquel festival.
El primer apartado incluye a los poetas que leyeron sus poemas durante el encuentro, entre ellos Borges, seguido por un conjunto de voces muy notables: Eugenio de Andrade, Kofi Awoonor, João Cabral de Melo Neto, Pablo Antonio Cuadra, Alí Chumacero, André du Bouchet, Allen Ginsberg, Ulalume González de León, Michael Hamburger, W. S. Merwin, Vasko Popa, Tomás Segovia e Ida Vitale (quien años después recibiría el Premio Cervantes), entre otros. También estuvieron presentes voces jóvenes de la poesía mexicana, hoy figuras fundamentales, como Coral Bracho, así como poetas michoacanos cuya participación ancló el encuentro en su propio expresión lírica y territorial por voces como la de Gaspar Aguilera Díaz, Ramón Martínez Ocaranza y Frida Lara Klahr.
En total, participaron 28 poetas extranjeros, procedentes de 23 países, y 37 poetas mexicanos, en cerca de 35 horas de poesía en voz alta, en 19 idiomas, leída en sus lenguas originales por los autores y en traducción por actores. Las sesiones se realizaron en el Teatro Morelos del 17 al 23 de agosto de 1981.
Es en la apertura de esa antología –leída más de cuatro décadas después– la figura de Borges adquiere una forma más precisa: no tanto como presencia física verificable, sino como una voz inscrita en un archivo que aún permanece activo. Sus poemas dejan de ser únicamente una selección para convertirse en una escena diferida: el rigor de su lírica en palabras que alguna vez fueron dichas –o destinadas a ser dichas– y que, muchos años después, todavía parecen resonar en el aire de Morelia. Hay en esa reunión de textos no sólo una representación de su obra, sino también una imagen de su etapa final: la de un Borges que, en la madurez de su pensamiento, había trazado las líneas esenciales de su universo poético. En estos poemas, el lector vuelve sobre sus obsesiones fundamentales –el tiempo, la memoria, la eternidad, la identidad– con una claridad que es también una forma de despedida.
Su poesía, en este periodo, se desplaza hacia una mayor desnudez expresiva: un lenguaje más directo que, sin embargo, sostiene una arquitectura conceptual rigurosa, donde cada imagen funciona como umbral hacia lo metafísico. Había quedado atrás la idea de que el verso libre es más fácil que el verso regular; como señala Borges: “Ahora sé que es más arduo y que requiere la convicción de ciertas páginas…”, para luego remitirse a ejemplos como Whitman y otros poetas que marcaron tempranamente su formación.
Los poemas incluidos en la antología –“Límites”, “Elogio de la sombra”, “Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad”, “El Golem”, “Everness”, entre otros– configuran un itinerario: permiten leer su obra como parte de un corpus y como parte de una experiencia. Esta selección aparece acompañada de una ficha bibliográfica que, más que un simple aspecto informativo, puede leerse como una lección en sí misma: una guía para recorrer, en retrospectiva, el itinerario poético de Borges y comprender cómo estos poemas, tal vez oídos, sentidos y pensados desde la ciudad de Morelia, abren la vía para profundizar en su condición de poeta.
En particular, esta exploración puede concentrarse en tres ejemplos: “El Golem”, que explora la relación entre creador y lenguaje; “Everness”, que propone una reflexión sobre la permanencia del ser en el tiempo; y “Elogio de la sombra”, que transforma la ceguera en una forma de conocimiento. En conjunto, estos poemas permiten reconstruir una lectura posible –quizá no idéntica a la realizada en 1981–, pero sí fiel al espíritu de esa reunión: una comunidad reunida en torno a la palabra.
Finalmente, resulta imprescindible acudir a trabajos como Borges en México, de Miguel Capistrán, que reúne testimonios y aproximaciones críticas sobre las visitas de Borges al país. En ese conjunto de miradas se perfila no sólo la memoria de un acontecimiento literario, sino también la posibilidad de una relectura: la de Borges como un autor cuya obra es capaz de arraigarse –más allá de su presencia física– en la experiencia concreta de una ciudad y sus lectores.
Volver a ese episodio es, en ese sentido, una verificación que contempla la forma de la lectura: la reconstrucción de una presencia sostenida en textos y voces. Porque, al final, como el propio Borges escribió, “toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir”.
Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.