Morelia, Michoacán

Pablo Sebastián llegó a la capital desde la comunidad de Turícuaro, en el municipio de Nahuatzen. En el recinto histórico, el músico fue reconocido por su trayectoria previa a la edición 53 del Concurso Artístico de la Raza Purépecha de Zacán. En su pueblo lo conocen simplemente como Tata Pablo, un nombre que fue cambiando con el paso de las décadas.

«Antes me decían Pablito, pero ahora ya tata Pablo,», reflexiona entre sonrisas. Esta vez, la ciudad es solo una parada para recibir el homenaje que comparte con su esposa, Nana Graciela Reyes, compositora que no pudo acompañarlo por cuestiones de salud.

Detrás de su figura hay tres décadas dedicadas a componer pirekuas, grabar con su agrupación, Los Cascabelitos, y enseñar a las nuevas generaciones. Aprendió a tocar casi de casualidad, cuando la música en la Sierra no se enseñaba en escuelas ni se guardaba en teléfonos celulares, sino al oído y en la convivencia de la calle.

«Eso está muy difícil, porque antes no había quien supiera tocar la guitarra. Un señor que andaba ya tomado me enseñó poquito a poquito; nosotros agarramos de ahí y le seguimos», recuerda mientras sus manos, marcadas por los años de oficio, descansan sobre las cuerdas de una guitarra firmada por “Don Cheto”.

Desde entonces, su vida ha transcurrido entre versos, fiestas patronales y composiciones. De su inspiración han salido más de diez pirekuas infantiles, con personajes como el perrito, el tecolotito y el burrito, pensadas para acercar la tradición a los más pequeños. Entre ellas destaca «Hay mamá», una canción que habla de ir a la escuela y aprender los números, tan arraigada que en los kinders indígenas de la región se canta antes que el propio Himno Nacional.

Para Tata Pablo, la creación de una pirekua no responde a fórmulas complejas. Toma su guitarra, y simplemente canta sobre las muchachas, la naturaleza o lo que ocurre en el día a día; incluso la pandemia por covid terminó convertida en versos.

Durante los meses de confinamiento por la pandemia de covid, compuso una pieza que relata la historia de dos jóvenes novios que buscaban la manera de seguir hablándose a escondidas de la madre de la chica, quien intentaba evitar que la contagiaran. En medio de la charla, sostiene el instrumento y canta un fragmento a capella, trayendo al patio de cantera una escena real de pueblo hecha ritmo y poesía.

El relevo generacional del que tanto se habla en las reuniones institucionales es, para Tata Pablo, una realidad cotidiana que ocurre en el patio de su casa en Turícuaro. Saber que la música de Los Cascabeles seguirá resonando en las voces de su familia le da la tranquilidad de quien ha cumplido con su tarea.

«Siento muy bonito porque mis hijos casi todos son músicos y cantan pirekuas. Y mis nietos todos. Y va la gente ahí de cero para enseñarles; ahorita traigo como tres muchachos allá», platica con orgullo.

Cuando se le pregunta hasta cuándo piensa seguir sujetando la guitarra y saliendo a cantar, responde sin dudar demasiado, dejando ver una amolia sonrisa debajo del ala de su sombrero: hasta los 100 años o más.

«Me siento bien; es igual que cuando yo me muera, ellos van a seguir. Las pirekuas no van a morir», asegura con una firmeza tranquila.

Al posar junto al cartel oficial del evento donde aparece su propia imagen sosteniendo la guitarra, Tata Pablo acomoda el cartel marco en mano sin perder la postura. Deja de lado el instrumento con cuidado. No necesita decir mucho más: a sus 75 años conserva la paciencia de los viejos músicos, una guitarra afinada y la certeza de que mientras haya manos jóvenes dispuestas a aprender una pirekua, la historia de su pueblo seguirá cantándose.